Enero, 2026. Investigadores de la Universidad de Pensilvania y la Universidad de Michigan desarrollaron los robots autónomos y programables más pequeños del mundo, con dimensiones que los sitúan por debajo del tamaño de un grano de sal.
Estos microrrobots, de aproximadamente 200 × 300 × 50 micrómetros, integran computación, memoria, sensores, comunicación y locomoción en una única plataforma diminuta.
El avance, publicado en la revista Science Robotics, fue liderado por Mark Miskin, profesor adjunto de Ingeniería Eléctrica y de Sistemas en Penn Engineering, y David Blaauw, reconocido por sus trabajos en computadoras ultra reducidas en la Universidad de Michigan.
El proyecto contó con el patrocinio de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (DARPA) y representa una colaboración interdisciplinaria que combina ingeniería eléctrica, robótica y microfabricación.
Estos microrrobots no dependen de partes móviles ni de controles externos; su movimiento se basa en generar un campo eléctrico local que moviliza iones en una solución acuosa, impulsando moléculas de agua adyacentes y creando un flujo que les permite «nadar».
Pueden cambiar de dirección, seguir trayectorias complejas y sincronizarse en grupos para formar patrones similares a los de los bancos de peces. La propulsión es completamente autónoma y no causa daños observables tras movimientos repetidos.
La energía proviene de paneles solares miniaturizados que generan alrededor de 75-100 nanovatios, más de 100 mil veces menos que un reloj inteligente, permitiendo la operación continua durante meses bajo iluminación LED.
Incorporan circuitos de bajo voltaje y lógica subumbral para eficiencia energética, con un consumo reducido más de mil veces respecto a soluciones convencionales. Los sensores miden temperatura de un tercio de grado Celsius, y el procesamiento se realiza mediante un procesador con memoria limitada que ejecuta algoritmos digitales programados previamente.
Los microrrobots se comunican entre ellos
La programación se carga mediante pulsos de luz que también sirven para identificar individualmente cada robot. La comunicación entre ellos ocurre a través de «oscilaciones de baile» codificadas: los movimientos transmiten datos (como mediciones de temperatura) que se decodifican vía microscopio con cámara, un mecanismo inspirado en la comunicación de abejas.
Marc Miskin explicó: “hemos logrado que los robots autónomos sean diez mil veces más pequeños”, y añadió que “hemos conseguido miniaturizar un robot autónomo hasta 1/10,000 veces el tamaño de uno convencional.
Las aplicaciones potenciales son prometedoras en biomedicina, para el monitoreo de células, entrega dirigida de medicamentos en fluidos corporales o intervenciones en entornos microscópicos. También se vislumbran usos en ensamblaje de dispositivos diminutos, tareas distribuidas en entornos hostiles y operaciones colectivas.
Miskin describió “empujar el agua es como empujar a través del alquitrán”, y Blaauw detalló el sistema de comunicación: “codificamos un valor, como la temperatura medida, en los movimientos de un pequeño baile que realiza el robot”.
“Hemos demostrado que se puede incorporar un cerebro, un sensor y un motor a algo casi demasiado pequeño para verlo, y lograr que sobreviva y funcione durante meses. Una vez que se tiene esa base, se pueden incorporar todo tipo de inteligencia y funcionalidad. Esto abre la puerta a un futuro completamente nuevo para la robótica a microescala”, concluyó Miskin.
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