Me estoy empezando a acostumbrar.
Una suerte de equilibrio de saber que hay cosas que ya no seré capaz de cambiar.
Convivir con ellas es, en definitiva, aprender a convivir conmigo mismo.
Ya va siendo hora, no?
Acabo de descubrir que acostumbrarse es tal vez el secreto para vivir feliz.
A qué me tengo que acostumbrar?
A qué no?
Supongo que acostumbrarse luego de sucesos dolorosos, con el paso del tiempo, es una forma de preservarse que tenemos las personas.
Pero uno no debería acostumbrarse a lo bueno, a lo que te hace bien, a que te salgan las cosas como vos querés…
Me daría miedo esa sensación de creer que lo tengo casi controlado.
Discernir entre la dulce placidez de la costumbre y la tempestad de querer cambiar es un ejercicio que estoy aprendiendo.
Es un oficio.
Es la imagen del camión lleno de melones en la caja que circula por el camino de tierra.
Cada pozo grande del camino desestabiliza los melones que saltan por el aire.
Está los que se caen y se estrellan contra el piso.
Pero también están aquellos que ocupaban el fondo oscuro del camión, que encuentran su haz de luz, su primera oportunidad de un soplo de aire nuevo.
Tarde o temprano, los melones se acomodan.
Hasta el próximo pozo.
Acostumbrarse a vivir con baches.
Acostumbrarse tiene algo de resignación?
Resignarse es vivir o sobrevivir?
Conozco gente que cambia solo por la adrenalina, por el vértigo de lo nuevo, la superficialidad gana en rutina y se pierden el poder profundizar.
Conozco también personas que el sopor les ha ganado, que abren poco la ventana, que se conforman rápido que es aún peor que conformarse fácil…
A qué me debo acostumbrar?
A qué no?
Que haya cosas donde no te gane la costumbre.
Pero que también que haya otras en donde puedas descansar,
con la placidez de saber que te lo has ganado.