Cada día que pasa, la ciudad en la que vivimos se parece un poco más a lo que era antes de la pandemia: tráfico obsceno, centros comerciales llenos, aglomeraciones en puestos de comida, largas filas para tomar el micro. Al parecer, la “nueva normalidad” con la que tantos futurólogos fantasearon al inicio del confinamiento consiste en hacer las cosas en la forma más similar a lo que fueron antes del 2020. Pero hay muchas que no tienen por qué volver a ser iguales. Que no deben volver a ser iguales. Una de ellas es el trabajo presencial.

Comencemos por el principio. El mundo corporativo se construyó alrededor de un espacio físico, la oficina, que funciona a partir de un conjunto de reglas que favorecen el control y el poder por encima de la eficiencia y la productividad. Y para las que casi todos, en algún punto, hemos sido destinatarios o instigadores. A partir de estas reglas llegamos a confundir la presencia física y visible con trabajar y añadir valor. El quedarse hasta tarde en la oficina con ser chambeador. El contestar llamadas laborales durante las vacaciones con mostrar compromiso hacia el resto del equipo. El exigir un aumento con ser mercenario. Etcétera, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.

Y así nos sorprendió la pandemia.

En los últimos dieciocho meses, cientos de miles de personas de todas las edades que pasábamos hasta tres horas al día en el tráfico de ida y vuelta al trabajo, que teníamos hora de entrada pero no de salida, y que operábamos bajo dos principios básicos de una cultura corporativa asfixiante: No eres dueño de tu tiempo y Chamba primero, vida personal después, nos hemos acostumbrado a trabajar sin el yugo de la oficina pre-pandémica. Muchos porque hemos tenido la enorme fortuna de poder realizar nuestro trabajo en forma remota desde el lugar desde nos sintamos más seguros, cómodos o las dos cosas. Otros tantos, porque asisten en forma periódica a una oficina semi vacía sin jefes neuróticos que los estemos vigilando.

En ambos casos la productividad no ha disminuido. Al contrario. Hemos trabajado mucho más que antes, bajo mayor presión y calendarios más estrechos, pero con dos ventajas que hacen toda la diferencia. La primera, que en este modo de trabajo nos sentimos más dueños que nunca de nuestro tiempo y espacio. La segunda, todavía más importante, es que ahora somos nosotros y no otra persona quienes decidimos el orden prioritario entre la chamba y todo aquello que tenga que ver con lo que llamamos vida personal. Da igual si ésta significa pasar tiempo con tus hijos o jugar FIFA; construir una relación de pareja o armar Legos; leer Guerra y Paz o memorizar algún verso de Pita Amor; bajar la panza en el gimnasio o rascártela en el sofá.

Tarde o temprano vamos a regresar a la oficina o su equivalente, no hay duda. Algunos en un esquema híbrido, otros de forma permanente. Y está bien. El espacio físico al que llamamos oficina, ya sea un corporativo en Santa Fe o un coworking en la Condesa, tiene muchas funciones que nunca dejarán de ser importantes y que no pueden ocurrir vía zoom. Así pues la pregunta que todos debemos hacernos ante el inminente regreso presencial a la chamba no es cuándo ni cómo, sino bajo qué cultura laboral estamos dispuestos a volver.

Aquella en la que estar presente en el trabajo es tanto o más importante que el trabajo mismo que realizas; donde hay que pedir permiso para hacer cosas personales que a los ojos de un alto directivo podrían sonar triviales más no por ello dejaban de ser importantes; y en la que salir antes de las 8:00 pm implica que algún imbécil al otro lado de la oficina exclame “¿A poco trabajas medio tiempo?”.

O una más humana e inteligente donde sea posible decir: “no me puedo quedar tarde porque tengo un plan con mis amigos/pareja/familia”; “no te puedo contestar si me escribes después de las 7:00pm”; “no te puedo regalar diez minutos de mis vacaciones para revisar una presentación”, “no tengo que pedir disculpas por llegar diez minutos tarde a la reunión cuando vengo desde Naucalpan y me aventé dos horas en el metro”. Una cultura laboral, pues, donde lo único por lo cual seamos evaluados no es cómo manejamos nuestros horarios ni cuál es el orden de prioridad que asignamos a la chamba frente a la vida personal, sino la calidad del trabajo por el cual nos pagan.

No hace falta decir con cuál me quedo.