Esos productos dulces y deliciosos de las panaderías que en todo el mundo se llaman pasteles o “patisserie”, son conocidos en la Argentina con el curioso nombre de “facturas”. Y entre ellas hay varias con nombres aún más curiosos: cañoncitos, vigilantes, bolas de fraile, sacramentos, bombas, etc. El origen de estas palabras tiene que ver con el anarquismo. Veamos.

Ya la misma palabra “factura” es rara. Viene del latín: “facere” significa hacer, crear, y en español también quiere decir “recibo”. El gremio de pasteleros decidió usar esa palabra para denominar a los pasteles individuales, como forma de llamar la atención sobre su trabajo y valorarlo. Los demás nombres también tenían la intención de llamar la atención, pero sobre sus ideas políticas. A partir de 1853, ya con su primera constitución en vigencia, la Argentina alcanzó por primera vez una paz (relativa) después de varias luchas internas producidas luego de su independencia de España en 1816. La ciudad de Buenos Aires creció de manera exponencial y comenzó a recibir a muchos inmigrantes europeos, principalmente de España e Italia. Por aquella época comenzaban a extenderse por Europa las escuelas de pensamiento anarquista y comunista, con reclamos de mayores derechos para los trabajadores. Y muchos de los que llegaron traían esas ideas.

Uno de esos anarquistas fue el italiano Errico Malatesta, quien en su país escribía publicaciones socialistas y organizaba marchas anarquistas. Cuando, para variar, estaban por meterlo preso, Malatesta se escapó escondido en un contenedor y llegó a Buenos Aires en 1885, donde se asoció con otro italiano, Ettore Mattei, quien justo acababa de establecer un sindicato que agrupaba a los pasteleros de la ciudad. Se llamaba la “Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos”, y dos años después, en 1887, convocó a una gran huelga que cerró las panaderías de la ciudad durante más de una semana. Más que huelga fue todo un movimiento que hasta incluyó los nuevos namings para los productos de las panaderías: los anarquistas son, se sabe, antimilitares y anticlericales, y decidieron llamar a los pasteles con apodos que de algún modo insultaban esas instituciones.

Hoy las facturas siguen teniendo esos nombres que ya mencionamos. Entre los relacionados con la actividad militar, están las bombas, los cañoncitos y los vigilantes (pasteles que se parecen al bastón de un policía o vigilante). Los referidos a la Iglesia son los sacramentos y las bolas de fraile (también sugestivamente llamadas “suspiros de monja”).

Malatesta se fue de Buenos Aires poco después, en 1889, pero el movimiento anarquista siguió creciendo y tuvo una destacada presencia política en la primera mitad del siglo 20. Hoy ya no aparecen en la primera fila de la lucha por los derechos de los trabajadores, pero eso sí: nos dejaron las facturas.