Es inevitable admitir que a publicistas y marketeros de esta época pandémica nos ha tocado avocarnos con intensidad a lo que viene ocurriendo detrás de las pantallas, pero a veces, muy poco detrás de las mascarillas.

Es paradójico, pero seguiremos hablando de “digitalizar” en el contexto más analógico y virulento de los últimos cien años.

Hoy recurrimos a semicubrirnos los rostros en grandes grupos, en inmensos territorios. Sin querer, a la par de la transformación digital, se dio paso a la transformación facial, aquella que sistemáticamente ha escondido y/o limitado nuestras expresiones gestuales en público, evitando la sonrisa del prójimo en casi todo el mundo.

Desde hace buen tiempo sabemos que estirar los labios con comisura, estimula la liberación de sustancias como la dopamina, serotonina y endorfina, responsables de aumentar nuestra sensación de bienestar, expresada en sonrisas al aire que irónicamente hoy escondemos como medida de salubridad.

La naturaleza nos tenía reservada una ironía más. Resulta que los virus, como las sonrisas “se contagian”. La explicación la tienen las llamadas neuronas espejo, las cuales nos inducen a imitar gestos y conductas de los demás a nuestro alrededor. ¿Y qué ocurre cuando imitamos? pues, es el momento exacto en que nos permitimos ponernos en el lugar del otro y entenderlo. Le llaman empatía y entonces puede que no sea casualidad, que algunos la vean tan escasa como la sonrisa.