Llega un brief. Pelotean ideas. Mandan propuestas. Se hacen cambios. Alguien propone tomar de referencia una campaña de finales de los 80. Continúan los cambios. De pronto, la campaña es incorrecta, problemática, repugnante. Pero nadie dice nada. Se ejecutan más piezas, igual o peores que las anteriores. Parte del equipo sabe que está mal, que no debería salir, pero se quedan callados. Y un día, la campaña es presentada a nivel nacional, por el Coordinador de Comunicación de la Presidencia de México.

Desde el día de ayer, circulan en redes mensajes de parte del Gobierno de México, en los que se insinúa que la solución contra la violencia es contar hasta 10.

Hace 30 años el mundo era completamente diferente: el internet era un lujo, las redes sociales no existían y lo que decía Televisa, era ley. En 1989, quizá (y solo quizá) podía “funcionar” una campaña en la que se pidiera contar hasta 10 para evitar la violencia. Hoy, siendo México uno de los países con más feminicidios en Latinoamérica, no debería haber salido de la junta donde alguien, evidentemente falto de empatía, lo propuso.

¿De verdad no había una mejor solución? ¿No hubo alguien lo suficientemente consciente como para, más allá de alzar la voz, llegar con una mejor propuesta? Y si lo hicieron, ¿nadie fue capaz de venderla?

Por más que nos duela, cada agencia tiene a los clientes que se merece, cada uno de nosotros es responsable de los aciertos o errores que hoy están publicados. Sin importar el tamaño del cliente, en nuestras manos está guiar, enseñar, “negociar” para que campañas como ésta, no lleguen a la luz. Dejemos de robarle a nuestros clientes siendo únicamente ejecutores, dejemos de quejarnos de los anuncios de otros si no hacemos nada por mejorar los nuestros, dejemos de permitir que alguien, quien sea, invierta tiempo y dinero por algo que evidentemente está mal.

Y si, de pura casualidad, eres de los que no ve error en esta campaña, te invitamos a que antes de proponer, enseñar o negociar, pienses en tu audiencia, contexto y privilegios. Una y otra vez, hasta asegurarte que esa pieza que pasó por tu lápiz, por tu correo electrónico, o reunión en zoom no invisibilice la realidad diaria de tu audiencia.