Estamos viviendo un momento donde básicamente todo se ha convertido en un paisaje para la mente humana. Los cúmulos infinitos de información a los cuales nos encontramos expuestos día a día han construido una enorme barrera entre nuestra atención y la comunicación que empresas, organizaciones y movimientos desean hacernos llegar. Nos encontramos en la guerra de la marca que grite más fuerte.

La evolución tecnológica nos ha brindado la posibilidad de acceder a todo un mundo de conocimiento 24/7, con solo mover un dedo y de forma inmediata. Esta facilidad para disponer de la información en la palma de nuestra mano ha incrementado la crítica personal respecto a qué tipo de contenido es realmente relevante. Lo anterior se debe a que ya no solo tenemos acceso a la información que nos place ver, sino que también estamos obligados a visualizar mucha que probablemente nos es irrelevante.

Tanto poder en nuestras manos ha vuelto a las personas reacias a prestar atención a la mayor parte de la información que la ataca diariamente. Usemos un poco la imaginación, si pudiéramos entrar al mundo digital, este debe ser muy parecido a caminar por una autopista, en la hora más concurrida, con conductores hambrientos y cansados del día de trabajo, haciendo sonar el claxon de los autos y gritándose los unos a los otros. Hoy más que nunca las marcas se encuentran gritando a diestra y siniestra a la espera de que alguien pueda escucharlos y brindarles un poco de atención, sin mencionar la gran cantidad de herramientas digitales que hoy pueden usarse para llegar a un público.

Todo esto ha contribuido a que abunden estrategias de marketing y publicidad perezosas que no destacan entre la marea de publicidad que día a día nos inunda. Sin embargo, complace enormemente que un puñado de marcas están comenzando a replantear su comunicación, buscando crear contenido y campañas de calidad que por sí mismas llamen y conecten a las personas, que logren hacer prestar atención a una generación que no se encuentra extraviada y saturada. 

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