Cuento corto

Amanecieron sembradas en la tierra, clavadas en fila a lo largo del camellón central de paseo de la reforma. Ese que usan para plantar nochebuenas desde Noviembre. Una tras otra, con los ojos cerrados se mostraban como una especie de huerto macabro a punto de ser cosechado. 60 cabezas, todas diferentes. Había de todo: mujeres, hombres, ancianos, indígenas, “chavos bien”, policías, ediles, estudiantes, amas de casa. La mayoría mostraba claras señales de tortura. Ojos hinchados con tremendos moretones, caras desgarradas, sangre que brotaba por cada poro, tiros de gracia. Algunas con los labios rotos y sin dientes, otras definitivamente las habían arrastrado por lodo, grava o algo parecido. Obviamente las que más perturbaron a la población fueron las de los niños. 10 exactamente. Todas en un rango de 8 a 12 años.

Quienes las descubrieron fueron los que pasan a vuelta de rueda a las 5 de la mañana montados arriba de una pipa listos para regar lo que sea que esté plantado ahí. Está por demás decir que no regaron las cabezas. No porque pensaran que no florecerían, simplemente porque uno no va regando las cabezas que te encuentras enterradas en la calle. Es sentido común.

En cuestión de nada llegaron todos y cada uno de los noticieros. Para las 5:45 todo el mundo sabía del huerto maldito. Todo el mundo. Llegaron por la nota los noticieros locales, nacionales y varios internacionales.

La policía instaló una cinta precautoria alrededor de la escena del crimen y se montó una guardia para ahuyentar a los curiosos. Sobra decir que era un acontecimiento demasiado dantesco como para que pasara desapercibido. Hasta los menos morbosos querían ver tan siquiera una cabeza. Querían tomar su foto y subirla a las redes sociales para no estar afuera de la conversación que seguramente acapararía las próximas semanas todas las sobremesas de la ciudad y del país.

Dieron las ocho de la mañana en punto y de pronto, al unísono, todas las cabezas abrieron los ojos. Y al unísono también todas empezaron a entonar “la llorona” a todo volumen. No es por nada, pero el esfuerzo sinfónico de las cabezas y la armonía estaba muy bien lograda. Terminaron la canción y volvieron a cerrar los ojos de vuelta a su trance en el más allá.

A esta acción le siguieron una ola de fotografías, comentarios, videos y por supuesto cuestionamientos de el origen de este milagro.

Fue tan rápido todo, que las autoridades presionadas por el tumulto de gente, los noticiarios y su propia inoperancia, todavía no se habían dado a la tarea de llamar al Servicio Médico Forense de la Ciudad para investigar la causa de la muerte de todas estas cabezas, ni se habían puesto a investigar cómo es que estas testas malditas habían llegado hasta ahí.

Lo cierto es que como los Moais de la Isla de Pascua, resulta que las 60 cabezas, no eran solo cabezas y tampoco estaban muertas. De hecho, las 60 estaban bien vivitas y conectadas cada una a su tronco que permanecía enterrado verticalmente justo debajo de ellas.

La funesta serenata en realidad no era un ajuste de cuentas urdido ni por el cártel de Sinaloa, ni por los Zetas, había sido un ardid publicitario de cierto grupo de experimentadores sociales que decidieron lanzar previo al festejo del día de muertos. Se habían dado a la tarea de cavar sus fosas vestidos con uniformes del departamento de jardinería de la ciudad y una vez terminados los hoyos, cómplices y demás personas que levantaron imagenes de la acción, los enterraron para solamente dejar brotar la cabeza maquillada increíblemente.

Claro, como era apenas Agosto a la gente no le pasó por la cabeza que tal acción pudiera estar relacionada con esta fecha. El grupo argumentó que como en este país se empieza a celebrar a la madre en abril, vemos árboles de Navidad desde octubre y en agosto también ya están plagadas las calles de carritos que venden banderas para el 15 de septiembre, habían pensado que esta fecha era ideal para empezar a calentar los ánimos con respecto a las honras fúnebres.

Y así pasó. No trascendió de una noticia que se esparció como reguero de pólvora en segundos y así como creció se apagó en las redes sociales y en la vida cotidiana. Eso sí, llegó el 31 de octubre y no hubo quien no pusiera de referencia el caso de las cabezas de Reforma, como se le conoce hasta hoy a este raro evento.

Hubo quien, queriendo politizar el asunto, simplemente se atrevió a declarar que “cuando a una nación la siembras de ignorancia e impunidad, resulta muy probable que lo único que brote, sea el terror.“

Buen viernes tengan todos.