“Las personas somos seres que nos movemos por las emociones”. Esta frase la hemos escuchado, leído y corroborado infinidad de veces. Lo que no se comprende es, ¿por qué nosotros mismos permitimos que las emociones guíen nuestras acciones? y de igual manera, dejar que nos afecte positiva, o en el mayor de los casos, negativamente?

En el día a día se observan muchas cosas: pereza al despertar, indecisión sobre qué haremos de desayuno o la pinta que llevaremos al trabajo. También nos da rabia salir y pensar en el trancón que todos los días debemos afrontar mientras que al bus no le cabe “un alma más”. Menos pensar en la cara de rifle que tiene el jefe al llegar a la empresa a pedirnos un informe y hasta ahí llegó la mañana: se nos acabó el día por ese evento negativo y mandamos todo a la porra desde las 8 am hasta nueva orden.

Si la percepción de las cosas fuera positiva, nada de lo que pasa en nuestro entorno nos afectaría, incluso si la gravedad del suceso fuera de magnitud extraordinaria.

Nos dejamos llevar por lo malo de la vida sin ver el trasfondo; permitimos dejar pasar a personas desconocidas a los aposentos de nuestras vidas sin tener en cuenta su pasado; admitimos con total seguridad que el destino nos tiene deparado lo que pasa con nuestras vidas, pero no somos capaces de soltar aquellos vínculos emocionales que nos afectan para poder sentirnos plenos y vivir tranquilos sin el apego que nos dejó ese alguien o ese suceso.

Decir ADIÓS es fácil. Evitar el sosiego y la nostalgia al decirlo, es extremadamente complejo.

Decir ADIÓS pesa cuando en realidad sientes que eso que abandonarás hacía que la percepción de felicidad que había en ti se incrementara.

Decir ADIÓS es complicado cuando tienes un nudo en la garganta y te impide decir miles de cosas, pero que con sólo esas 5 letras haces ver que lo dijiste todo.

Decir ADIÓS nos cuesta porque ante todo tenemos orgullo y en muchas veces pesa más que admitir que en verdad duele lo que no volveremos a ver, o simplemente no veremos con la misma frecuencia con la que hacíamos.

Decir adiós a una persona que compraba frecuentemente y hablaba bien de nosotros sopesa, aún más cuando la razón de su partida se atribuye a una falla nuestra que bien pudimos prevenir desde tiempo atrás.

Que no nos duela decir adiós a las cosas que opacan nuestra percepción de calidad, a los aspectos que hacen que nuestros clientes se sientan incómodos y a los momentos que no fueron de verdad.

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