Existe el gran mito (y no tan mito) de que los creativos son muy apasionados con su trabajo. Dicen que defienden ideas a muerte y hay leyendas urbanas que mencionan sucesos tan terroríficos que implican agresiones a clientes de todo tipo. No lo sé, al final, cuando sientes la pasión, la sientes y no hay nada más que hacer que dejarla fluir.

Si eres creativo, seguro sabes de qué hablo. Esa sensación que se despierta en tu interior cuando has encontrado lo que a tu parecer es la idea más increíble que hayas pensado jamás, o quizá no tanto, pero al menos vale la pena, funciona y es más de lo que cliente necesita. Entonces llega ese momento desagradable en el que te frenan la idea. Estás tranquilo, te mantienes seguro y aceptas con fortaleza que es momento de defenderla. Así empieza una travesía que te lleva por lugares interesantes; acelera tu corazón y pone a prueba tu capacidad de reacción y lo más importante; el valor que tiene esa gran idea.

Si logras pasar varias pruebas (seamos honestos, muchas veces es más fácil convencer internamente que a externos) llega el momento de la verdad; junta con cliente. Rayos, ahí sí hay que vivir con intensidad el momento y demostrar de qué está hecha la idea.

Lo que pasa en las juntas se queda en las juntas. Al final, sales con la actitud de un ganador o con ganas de morir de rabia por todos los peros que destruyeron esa gran idea. Sabes que el mundo no está listo para aceptar lo revolucionario, no desistes y sigues intentando aún cuando te llamen “el loco”, “el intenso”, “el acelerado” o simplemente te digan por enésima vez: “¿y ahora, cuál es esa “gran” idea?”.

La pasión es defender, intensear, enloquecer, gritar y dejar que todo se quede en el campo de batalla, porque al final, vienes a darlo todo o mejor quédate en casa a ver Mad Men y soñar con ser Don Draper sin siquiera intentarlo.

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