Seamos honestos, cuando estamos en publicidad, es muy difícil mantener una vida equilibrada. Cuando hablo de equilibrio me refiero a tener y vivir una vida socialmente aceptada; reuniones familiares, salidas con amigos, fiestas, horarios laborales aceptables, pareja estable y más cualidades que claramente los publicistas no tenemos.

¿Quién no tiene ese Pepe Grillo diciéndole y recordándole todo el tiempo lo mal pagado y explotado que nos tiene este trabajo? Que si saliste tarde, que si no pagan horas extras, que cuándo estarás con la familia, que si llegará el día en el que dejes de cancelar, etc., etc. La verdad (y si eres publicista) sabes perfecto que muy en el fondo, sigues aquí porque te apasiona y no sólo eso, lo más importante; te diviertes con tu trabajo.

Sí, todos tenemos la presión, el rush y el estrés de las ideas y campañas, pero, acepta la verdad; la agencia es el único lugar donde puedes ser tú. Estar en un equipo integrado (y lo siento por lo que no lo tienen) es realmente el mayor beneficio de todos, porque con ellos compartes desde risas, enojos, éxitos, fracasos y mentadas de madre.

Hay que aceptar la cruel (y deliciosa) verdad, amamos la publicidad. Nos encanta salir tarde (bueno, no tanto), encontrar el pretexto ideal para beber y convivir con los mismos compañeros (qué ironía), hablar de lo mismo, pero en un ambiente diferente y con moods distintos, es divertido, es publicidad.

Tenemos que reconocer que aún cuando nos perdemos de grandes momentos con amigos y familia, los recuperamos (en su mayoría y en diferente medida) en el ambiente laboral (a menos que seas de esos aburridos que aún ven la agencia como una oficina). Acéptalo ya y deja de sufrir, ser publicista es de lo más divertido, con todas las libertades creativas y responsabilidades que eso conlleva, deja de quejarte, es momento de aventarte como gorda en tobogán y disfrutar el viaje. Ve el lado positivo y celebra tener un trabajo en el que pocos (muy pocos), pueden ser quien realmente son, ¡ah!, y claro, acepta el precio de esa locura. ¿O no?

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