La publicidad en Latinoamérica es el reflejo del tipo de vida de sus habitantes.

En Colombia por ejemplo, los programas de televisión, los premios en Cannes y los anuncios más destacados y leídos tienen que ver con narcos, prostitutas, drogas y malicia indígena. Sí, malicia indígena, ese pensamiento perverso que hace de nosotros seres, muchas veces irreconocibles, que quieren venganza o burla ante los demás. Por eso andamos prevenidos, somos malmirados y desconfiamos de cualquier persona que se nos acerque en la calle preguntándonos cualquier cosa.

Viviendo de esta forma, todo el mundo habla de la novela, del reallity o de la noticia de último momento, tarareando ese jingle pegajoso que pautan 30.000 veces al día en todos los medios, evadiendo la realidad, dejando a un lado el triste pensamiento de miseria que nos invade gracias a las diferentes situaciones de política, violencia, economía y don de gente, fingiendo ser una sociedad a gusto y feliz.

En eso se basa la publicidad en hacer feliz a un pueblo rezagado, en subirle el ánimo a la madre soltera que tiene 3 trabajos para mantener a sus 5 hijos, en sacarle una sonrisa a ese hombre de 36 años que nunca se graduó del colegio porque no le gustaba estudiar, en decirle “eres un campeón” al niño que sin querer nació sin papás y que dejaron tirado en el bienestar familiar.

En mi opinión Colombia ha ganado el título mal visto de narcos, prostitutas y “good drugs are Colombian drugs” bien merecido, por eso me gusta la publicidad, para ponerle pañitos de agua tibia a una sociedad enferma que necesita saber que destapar la felicidad es tan fácil como comprar una gaseosa.