Debo ser honesta contigo: no sé de qué forma empezar este post. Tengo muy claro el tema, pero no sé cuál es la forma correcta para escribirlo. Así que disculpa si tal vez no llego a una conclusión o no te doy una solución como muchas veces intento. Hoy sólo vengo a decirte que entiendo cómo te sientes, comprendo lo que es estar en esta década de los famosos veintitantos. Y da mucho miedo, vaya que da mucho miedo.

Siempre tendemos a hablar del futuro. Cuando éramos pequeños, nos preguntaban qué queríamos ser de grandes. Luego de adolescentes (al menos las mujeres), soñábamos con llegar a los famosos quince. El tiempo pasó y sabíamos que el siguiente paso era cumplir los dieciocho, ser mayores de edad y poder hacer todas esas cosas que antes tal vez te prohibían. Luego puede que elegiste una carrera, quizá también te mudaste de ciudad y te mantuviste entretenido unos meses o los primeros años con la novedad. Todo era risas hasta que pasa el tiempo y te das cuenta que la triste verdad es que hoy, no sabes cuál es el siguiente paso y aceptémoslo, eso apesta.

Para mí, la vida antes de los veinte me gusta ejemplificarla como cuando en Matemáticas, te daban el problema y el resultado: ya sabías a qué lugar tenías que llegar y generalmente ya contabas con las fórmulas para poder lograrlo. En cambio, la vida después de los veintitantos es como cuando te dan el problema y no tienes ni la menor idea de a qué tienes que llegar o si estás haciéndolo todo mal. Pero algún camino tienes que tomar; el que tú creas más conveniente.

Hoy vivo rodeada de personas que pasan por esta etapa o “crisis” existencial en la que no sabes con qué pie tomar el siguiente paso o incluso sin saber si darlo o mejor retroceder. Es más, no sólo vivo rodeada de amigos así: yo soy una de las integrantes de este maravilloso club de personas perdidas en la búsqueda de encontrarse.

Entonces puede que te preguntes: ¿por qué si tú también te sientes así, escribes acerca de eso? Y quizá tengas razón. Tal vez no vengo aquí a darte la solución a este vacío que muchas veces nos consume el estómago o nos quita bocanadas de aire por las noches. Quizá estoy aquí para reconfortarte y tomar yo misma los consejos que te doy; tal vez aquí, tanto tú como yo encontraremos una respuesta a este torbellino de cosas que nos arrastran. Lo que puede que no sepamos es que lo más seguro es que nos arrastren a un lugar mejor que en el que hoy estamos.

Sé que tal vez sientes que no te contaron muchas cosas de lo que significa vivir en esta etapa: nadie te dijo cómo sobrellevar ese vacío, lo que era aprender a vivir lejos de las personas que amas, a tomar tus propias decisiones, que te ibas a caer ochenta y cuatro veces y sólo te levantarías trece. Te dijeron que te ibas a enamorar pero no mencionaron que seguramente no iba a durar, ni mucho menos que no iba a ser de cuento de hadas. Nadie te contó lo difícil que era vivir lejos de casa y lo frustrante que puede llegar a ser fracasar.

Les faltó decirnos tantas cosas, tantos detalles que si los hubieran mencionado, tal vez no habríamos querido crecer nunca, pero tampoco hubiéramos pasado por cosas maravillosas que estoy segura, son más que las malas. Porque también sé que se les olvidó decirnos que tal vez el amor no dure eternamente pero qué bien se siente mientras se encuentra presente. No nos dijeron que quizá cuando tuviéramos cincuenta, desearíamos regresar a los gloriosos veintitantos, donde las cosas eran más sencillas y los ojos brillaban con más fuerza.

Y sí, se les pasó contar lo bien que se sienten las chispas de libertad que aparecen por las noches y lo tersa que se siente nuestra piel. Tampoco nos dijeron de la gama de posibilidades que a los veinte íbamos a tener frente a nuestros ojos. No señores, no nos dijeron que en realidad no importa el resultado de tu problema de matemáticas, sino cómo decides resolverlo. Además, seamos honestos, ¿quién necesita de las matemáticas?

Es cierto, hay tantas cosas que no nos contaron de esta intrigante etapa y creo que es lo más acertado que pudieron hacer; a nadie le gusta que le cuenten la película antes de verla.

Creo que sí, sí tengo un chingo de miedo, pero esa sensación me indica que estoy haciendo las cosas bien y que estoy viva. Aún no sé a dónde me lleve este viaje pero sé que me hará caer ochenta y cuatro veces pero que lo único que importará, son las trece veces que me levanté, porque el último detalle que se les olvidó agregar a nuestros padres cuando nos dijeron que nos íbamos a equivocar, es que de ahí es de donde salen las mejores cosas. Y por las setenta y un veces que no te levantes, no te preocupes; algún día vas a necesitar historias que contarle a tus nietos cuando duerman en tu casa.

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