Hace poco un cliente me preguntó cuánto tiempo tenía en este negocio, a lo que contesté que antes de saber escribir, ya dibujaba. Desde entonces la figura del diseño siempre ha estado presente en mi vida.

Me gusta entender el diseño como algo tan importante que puedo volcar mi vida entera en él. De igual forma, me parece demasiado relevante como para delimitarlo y someterlo a definiciones, prefiero referirme a él como algo que pueda explorar y poner de relieve su potencial expresivo, función frente a posibilidades estéticas ilimitadas. Quentin Newark, en un exhaustivo análisis en su libro ¿Qué es el diseño gráfico? intenta dilucidar al respecto de una definición, y de todas las que presenta, la más interesante es la expuesta por el diseñador e historiador Richard Hollis: “(el diseño es) una modalidad de lenguaje con una gramática incierta y un vocabulario en constante crecimiento”. Creo que es la mejor definición que he escuchado.

El problema es que a pesar del innegable papel que ha desempeñado el diseño en la historia, siguen existiendo detractores que sólo buscan minimizarlo. Un ejemplo es la postura del estructuralismo, que en esencia establece que todo lenguaje, cuya definición engloba todo tipo de comunicación, incluido el diseño, es un sistema de relaciones entre signos. Cada palabra o imagen es un signo, e individualmente sólo posee significado en base a su relación con otros signos. El significado se crea gracias a una estructura de relaciones tan amplia que, como dijo Roland Barthes, “ni siquiera podemos vislumbrar sus límites”.

Esto significaría que el diseño se fundamenta en su totalidad en los elementos de significado que se re-utilizan, re-modelan o re-combinan. Entonces el alcance del diseño, en un sentido convencionalmente artístico, se produce dentro de límites estrictos. Si lo único que hace un diseñador es re-combinar material preexistente y dibujar significado mediante relaciones preestablecidas, ¿dónde está la originalidad?

Esto pareciera significar que todo lo que hagamos está destinado a construirse basándose en textos que nos antecedieron; el propio Derrida explica que todo texto o diseño es básicamente el monstruo de Frankenstein, que hemos armado y construido a partir de piezas tomadas de los cadáveres de otros diseños.

Como he descrito anteriormente, el contexto bajo el cual me desarrollé puede considerarse kantiano, y aunque mi perspectiva en este momento es otra, no excluye que mi trabajo diario incluya aspectos estéticos que dejó mi pasado. Prefiero ver mi trabajo sin delimitar alternativas, sin excluir posibilidades y hacer que éstas sigan una cadena fluida que facilita y ayuda al conjunto de decisiones que debo tomar al momento de pensar, crear y diseñar. Pero la pregunta se mantiene, ¿cómo podemos ser originales y creativos, y más que aceptar un destino funesto y copiar lo copiado, crear y diseñar más allá del objeto?

Marcuse explica que la determinación sin propósito es la forma en que el objeto aparece en su representación estética. El objeto y su función desaparece, se vuelve importante sólo a través del diseño. Sea lo que sea, el objeto es representado y juzgado no en términos de su utilidad, ni de acuerdo con cualquier propósito al cual pueda servir, ni tampoco en vista de su finalidad y terminación interna. Esto nos trae al presente, en donde los objetos ya no son sólo “útiles” sino que deben ser “estéticamente útiles”. Si en algún momento tengo la oportunidad de comprar un artículo tan simple como una lámpara, siempre estoy observando el diseño de la misma, me olvido del objeto, utilidad y propósito para el cual debiera servirme y lo que me cautiva, lo que me hace comprarla, es su aspecto estético.

El estructuralismo siempre ha considerado al diseño dentro de una caja, cuando nunca han llegado a dimensionar el espacio con el que se trabaja dentro de la misma. “El diseño ha diseñado la concepción del objeto y con él al hombre contemporáneo. El diseño influye, incide en el diseño de la identidad” (Arfuch, 2003). Pensamos que toda teoría o cultura nos es otorgada por medio de la escuela, los libros y la educación, pero en realidad cada pieza de diseño está cargada de una, incluso por alguien que jamás haya tocado un libro. Parafraseando a Drucker podríamos decir que el diseño no necesita de una teoría (o formación teórica) que lo respalde, pero en todo caso, creo que los diseñadores sí la necesitamos. Necesitamos de la teoría para contrarrestar el constante flujo de ideas que pasan por nuestras cabezas y así poder filtrar y descifrar el entorno cultural en el cual nos vemos inmersos.

Me pregunto si habrá alguna manera de acceder a ese marco teórico. Uno de los grandes pesos que los diseñadores cargamos sobre los hombros a través de nuestra carrera es el hecho de que no leemos, o al menos esa es la concepción que se tiene de nosotros. Se considera a nuestra profesión como algo “no intelectual”, por lo tanto no existe una real incitación a la lectura de textos teóricos, esto debido en gran parte a la forma poco teórica en la que desarrollamos gran parte de nuestra carrera y nuestras habilidades visuales, elemento implícito en nuestra labor como diseñadores, y que incluso las mismas instituciones que ofrecen esta carrera no incluyen en dicha formación. Todo gira en torno a las herramientas, al hardware, y dejamos de lado el software, prefieren establecer como primordiales aspectos técnicos, y dejan de lado la teoría, provocando este vació que hoy en día podemos observar en el campo del diseño y la creatividad.

Edgar Morín escribió una de las tantas definiciones de cultura, en la que dice que ésta es “el conjunto de dispositivos que proporcionan apoyos imaginarios a la vida práctica y puntos de apoyo prácticos a la vida imaginaria”. ¿Por qué es relevante? Porque el diseño crea una relación inherente con el objeto, así como todo el desarrollo comunicativo que lo rodea,  y podemos observarlo en la idea misma bajo la cual fue concebido por el diseñador. El ejemplo más claro lo vemos en la marca Nike, al evolucionar de tal manera que una imagen por sí sola genera una carga cultural e ideológica. “La relación diseño-objeto, práctico funcional, es de este orden: por un lado, el diseño mitifica al objeto y, por el otro, provee a los mitos sociales de apoyos concretos de los cuales nutrirse” (Arfuch, 2003).