Muchos estudian para tener un trabajo; muchos trabajan para tener dinero; muchos buscan el dinero para ser felices. ¿Y luego qué pasa? Pasa que el dinero, todos lo hemos sentido, da alegría y seguridad, mas no felicidad. 

¿Para qué 300 caballos de fuerza si estamos amarrados a una agencia?

Con suerte recorren la vida los que son felices en su trabajo, los que ganan dinero por ser felices.

La publicidad, industria de la creatividad, de las ideas, de la innovación, de la originalidad, está llena de gente con gran talento, con gran carácter, con gran visión. Los que tienen talento ganan premios; los que tienen carácter ganan clientes; los que tienen visión se ganan una vida feliz.

No nos echemos a perder en agencias publicitarias que sólo nos usan para fabricar caprichos necios de clientes necios; nos perdamos el tiempo en agencias de las que no aprendemos nuevos métodos, procesos nuevos, filosofías nuevas; no dejemos que se nos escapen los años en fragmentos de veinte segundos…

Una agencia de publicidad sana es orejona.

¿Cómo así? Sí, es orejona, pues primero escucha a su gente y luego habla. Si has sentido que en la agencia en la que trabajas es inútil hablar, proponer o contribuir con novedades, es tiempo de irte; si has sentido que todo lo que haces es frívolo, o sea, enderezado a satisfacer el ego de unos cuantos, ora directores creativos, ora gerentes de marca, es tiempo de irte.

La creatividad, ciertamente, es conocimiento, es teoría, aventura, un viaje a mundos inexplorados. Pero la aventura, nótese, implica preparación. El espacio sideral, es verdad, nos ofrece paisajes fantásticos, novedades infinitas… ¿Podríamos ir al espacio sin conocimiento? No.

Si en tu agencia no valoran el conocimiento, si abundan los “yo creo”, “yo siento”, “yo supongo”, “me gustaría”, es tiempo de abandonarla. Quien no respeta los métodos no respeta el orden, y quien no es ordenado no tiene dirección, y por ende se lleva a todo su equipo, como se dice vulgarmente, “entre las patas” a cualquier lado. Quien no valora un posgrado, un diplomado o la capacitación constante, no valora el talento humano, que siempre necesitará de técnicas para no desbordarse.

¿Qué haremos a los cuarenta años de edad si no obtenemos un puesto dirigente?

A modo de máxima, citemos algo que Alejo Carpentier, para reprender nuestra latinidad, dijo: “Somos harto aficionados a la elocuencia desbordada, al `pathos´, la pompa tribunicia con resonancia de fanfarria romántica”.

¡Menos afición y más reflexión!

¡Menos elocuencia al vender y más conocimiento!

¡Menos creatividad desbordada y más planeación!

¡Menos dolor al trabajar y más inteligencia!

¡Menos pomposidad y vanagloria y más ventas!

¡Menos anuncios con tono de fanfarria y más semiótica!

Pensemos más en el futuro de nuestra existencia completa y menos en el presente de nuestro ego, enemigo fatal que nos hace elegir lo material, lo mudable, que nos hace desdeñar la felicidad, que a veces está en la paz de la efectividad sin escándalos.

 

 

Imagen cortesía de Fotolia.