1- Evitar pensar en objetos bellos, en rostros bellos, en automóviles bellos, y buscar lo Bello, es decir, escenas, movimientos, luces, arquetipos, géneros.  

 

2- Creer que las cosas de la inspiración, del espíritu, son superiores a las de la naturaleza. El hombre, como la flor, también es parte de la naturaleza, y por tal la rosa que pinta con artificio puede ser más bella que todas las rosas.

 

3- Conocer a fondo los objetos que representaremos, esto es, sólo plasmar objetos de los que tenemos intuiciones íntimas, minuciosas. El mar del pintor que no ha visto el mar… ¿es el mar?

 

4- Distinguir lo que “es” arte de lo que “fue” arte. El arte, si no provoca reacciones o emociones elevadas, es decir, no relacionadas directamente con la vida diaria, no es arte, sino artesanía, copia.

 

5- Dominar alguna técnica. Si algo no merece la pena ser aprendido, no tiene valor.

 

6- Comprender que la originalidad jamás viene de la nada, y que es imitando a los maestros como se logran obras genuinas.

 

7- Entender, de una vez por todas, que no seremos primitivos aunque nos guste la inocencia del arte primitivo. El primitivo que pintaba sus cavernas no pensaba así: “Sí, claro, soy primitivo, una bestia, y trazaré los animales que veo con los trazos de un niño”.

 

8- Buscar, antes que cualquier cosa, lo bello, no lo feo, no lo cómico, no lo trágico. Cuando no encontramos flores en un jardín, ¿lo incendiamos?

 

9- Encontrar un público adecuado. ¿Puede cualquiera gozar cualquier obra? De nada sirve ser los mejores leñadores si no tenemos bosque para trabajar.

 

10- Imitar al provinciano, al que todo le parece novedad, o por mejor decir, al que encuentra en todos los objetos un pretexto para desarrollar sus ideas, sus sentimientos.

 

 

Imagen cortesía de Fotolia.