En la fraseología popular podemos escuchar dichos que afirman, vehementemente, que los sentidos engañan, que los ojos mienten, que los oídos sólo oyen murmuraciones y mentiras. Tales patrañas, sobra decir, son falsas. Los sentidos no fallan, los sentidos no nos hacen creer que el sol es más chico que el planeta en el que posamos: lo que falla es el juicio, que cuando carece de conocimientos teóricos, esto es, enderezadores de tuertos y bizcos, emite discursos indiscretos, necios, sendos dislates.

¿No vemos que la vara se dobla al entrar en el agua? ¿Mienten nuestros sentidos? ¿Todos los días sufrimos un `delirium tremens´? No: lo que miente es la opinión. Basta que a un niño le expliquemos el fenómeno de la refracción hídrica para que éste deje de creer que la vara se dobla en entrando al agua. Los sociólogos estamos en una situación similar a la del niño, y la densidad de fenómenos sociales hace que lo observado se doble, se bifurque, se difumine, se diluya. “Bien acierta quien sospecha que siempre yerra”, dijo Quevedo, y con tal consigna debemos abordar el análisis social, que más que análisis es síntesis, construcción de objetos de estudio.

Mientras los fenómenos de las ciencias naturales están ahí, sí, a la vista, los sociales no lo están. ¿Por qué los hombres del Génesis decían que sus esposas eran sus hermanas? ¿Alguien podía ver el engaño? ¿Visible es la energía atractiva que mantiene a Sancho pegado al Quijote? Festejemos que los filósofos antiguos, o como decía Francis Bacon, los primerizos, jóvenes y mozos, cribaron nuestras percepciones falsas con sus estudios. Leyendo a los clásicos griegos comprendemos cómo percibimos los modernos cuando no estamos educados filosóficamente.

Para Aristóteles la filosofía estudiaba cuatro problemas: la substancia, la forma de la substancia, el movimiento de ésta y su finalidad o teleología. Hemos dicho, recuérdese, que los fenómenos sociales no existen por sí mismos, y que hay que construirlos. Luego, hagámoslo. Aristóteles, en los `Analíticos´, escribió que había tres clases de substancias: la “visible perecedera”, la “visible eterna” y la “invisible eterna”. ¿Qué cambia o perece? “La vana superficie de las cosas”, como dice Borges en un poema. ¿Qué es visible y durable? Los cuatro elementos, según Bachelard. ¿Qué es durable y no se ve? El hambre, por ejemplo.

Vertamos las preguntas filosóficas en preguntas sociológicas. ¿Qué fenómenos sociales podemos ver con los ojos? El paso de un hombre de una clase social a otra, por ejemplo. Louis Althusser, en su libro `Lo que no puede durar en el Partido Comunista´, dijo: “Todo marxista sabe que las clases sociales se mantienen deslindadas unas de otras aunque las personas cambien libremente de clase”. Estudiar la emigración demográficamente, es decir, el cuantitativo paso de un grupo social a una sociedad nueva no nos dice mucho, no nos sirve para saber cuál es la estructura social a la que llega o va.

Sancho Panza, sociólogo perspicaz, nos da una cátedra. ¿Las posiciones que ocupan los comensales en una mesa nos dicen algo sobre la estructura de la sociedad burguesa? El sociólogo ingenuo, el empirista, cree que sí, pero Sancho asevera lo contrario, contando una peculiar historia. Dice: un hombre de estirpe menor, un lacayo, es acuciado por un hombre de estirpe mayor, un aristócrata, a sentarse en la cabecera de la mesa, pero el lacayo se niega, y el aristócrata insiste, tanto, tanto, sí, que todo termina con la siguiente diatriba del aristócrata: “Sentaos, majagranzas, que adondequiera que yo me siente será vuestra cabecera”. ¡Bella lección!

Norberto Bobbio, por su italiano lado, sugiere que al observar la relación entre un anciano y un joven pongamos atención en lo siguiente: en que el joven tiene mucho poder porque sabe usar los medios de producción modernos, que son medios de producción de información, tales como los teléfonos y los ordenadores. Mientras la posición de un objeto de estudio es una substancia “visible perecedera”, la relación entre los objetos de estudio es una substancia “visible eterna”, ya que no existe ente alguno que esté aislado de las leyes de la física.

Y ahora hablemos de la substancia “invisible eterna”. El “majagranzas” puede ocupar la cabecera de una mesa, puede cambiar de clase social, pero las clases sociales mantendrán sus formas con o sin él. ¿Qué cambia una clase social? Marx decía que los “modos de producción”, es decir, la “división de trabajo”. ¿Qué hace que mi trabajo sea distinto de otros? Mi destreza, la ciencia disponible, la organización de mi equipo, la materia prima asequible y la cantidad de trabajo exigida. ¡Esto sí que es algo invisible y que se repite secularmente, ineludiblemente! Cerremos este teórico esbozo articulado sosteniendo que los sociólogos que confían ciegamente en sus métodos, métodos que no distinguen lo abstracto de lo concreto, lo existencial de lo substancial, están condenados a la chapucería científica.

 

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