El mundo de la redacción comercial es doloroso, y está hecho de lágrimas, de quejas, de aullidos, de festejos truncos, de percepciones, de opiniones funestas, de caprichos, de tinta y de vino tinto, de borradores, tanto alegóricos como físicos, de tanteos, de todo lo que no es predecible. Hemos aprendido a sobrellevar a los clientes, a los directores creativos, a los presidentes, a los ejecutivos de cuenta, al mundo, al tendero de la esquina, que también tiene derechos sobre nuestra obra.

Jamás volveremos a redactar textos finales, parece, pues todos manosean, cortan, desfiguran, trozan, fríen, calientan y componen nuestro trabajo. Si textos malos quieren, no los tendrán. Lo que sí tendrán serán textos semifinales, siempre semifinales. Tenemos ideas, y en los bares las anotamos, y nos enorgullecemos por ello, pero sabemos que todo se irá al diablo porque no supimos qué hay en la cabeza de quien revisa nuestros textos.

Los párrafos bellos, los escritos con anáforas y metáforas y jitanjáforas, terminan siendo informativos, no emotivos, no plásticos, no elásticos. Un eslogan hecho con ardua minucia, a lo Yeats, termina siendo un grito, un rebuzno en las manos del cliente o del director de proyectos. Escribimos páginas de internet y blogs que nadie lee, artículos que nade mira, meditaciones que nadie admira. Pero con todo, sí, con todo, seguimos, y nos apasiona el sonido de las teclas, la fluidez de un texto escrito inspirándonos en los ríos de Cortázar, en la erudición de Borges, en la precisión léxica de Carpentier, en el barroco de Shakespeare.

Sí, no importa que nuestro trabajo sea rebotado, enajenado, alienado, acotado, ensuciado, porque nos gusta lo que hacemos, porque vivimos para la escritura, porque respiramos y comemos comas y puntos y comas, que son la respiración de las páginas, siempre acostadas, arrulladas por nosotros los redactores. Nos vanagloriamos si producimos miles de palabras mensualmente, cientos de reseñas, decenas de anuncios de revista.

Si un día sientes que no tienes ganas de escribir, dedícate a otra cosa.

 

Foto cortesía de Fotolia.