Las personas andan por la vida consigo mismas: no ven a nadie, no ceden asientos, no ayudan a los ancianos a cruzar las calles y los indigentes no existen. A pesar de que las marcas están presentes a cada paso, pocas veces logran irrumpir los pensamientos de la gente. Están presentes, bombardean, estimulan a la compra o mueren sin ser percibidas.

Entre más se sature a los compradores potenciales, necesitaremos publicidad de mayor intensidad para provocar las sensaciones deseadas, según la ley de Weber. Pero ¿tenemos un límite? Quizás lleguemos a un momento donde todos gritemos y nadie se escuche. Ese psicólogo alemán también nos dice que para que un estímulo tenga efecto, es necesario dejar descansar al receptor. Los cambios nunca se realizarán si son forzados; todos son procesos “naturales”.

Cuando se trata de comunicar una idea beneficiosa para la sociedad, ésta se comporta como adolescente y no hará lo que le dicen sólo por rebeldía, por defender su voluntad y su libertad. Entonces, el silencio de las marcas sería un momento para reflexionar, como el silencio que hay después de la reprimenda de los padres.

Esto podría llevarnos a pensar que para fomentar una verdadera cultura ecológica, sería necesario que las marcas acallaran sus estrategias verdes. Tanto las personas como las empresas se sienten obligadas a realizar acciones en favor del medio ambiente, y las pocas que lo hacen es bajo falso argumento.

Quizás después de eso, entenderíamos la importancia del cuidado del medio ambiente y comenzaríamos a actuar por convicción. Esa sería una posibilidad a experimentar, pero mientras sea el dinero el que mueva a las marcas, esta teoría quedará tan sólo en una gran suposición.