En el magnífico y sintético `Índice analítico de contenidos´ de las `Philosophische Bemerkungen´, obra del hombre Ludwig Wittgenstein, existe este texto: “Una proposición está completamente analizada desde un punto de vista lógico si su gramática es aclarada por completo –independientemente de su modo de expresión. Lo posible y necesario es separar lo que es esencial de lo que es inesencial en nuestro lenguaje”.

Cuando tenemos que redactar un texto, ora para un discurso político, ora para trazar ideas disminuidas, llamadas “informes”, o bien para urdir un código semiótico fundamental que sirva de estructura para una campaña de comunicación fundamental, tenemos que saber qué palabras eliminar y tenemos que saber cómo decir muchas cosas interesantes.

Las excesivas explicaciones cansan. Las afirmaciones, en cambio, gustan, pues causan polémica. Argumentar en demasía es igual a mentir. Borges decía que podría existir una `Antología de la Postergación´, y en la “primera parte podrían figurar los dialéctos: el eleata Zenón, que inventó los problemas de la tortuga, del hipódromo y de la flecha; Aristóteles, que aprovechó un lugar del `Parménides´ para enunciar el argumento del tercer hombre; el sofista Hui Tzu, que razonó que un bastón, al que cercenan la mitad cada día, es interminable; Hermann Lotze, que negó todo influjo de A sobre B, porque el influjo constituye otro elemento C, que para influir en el segundo, exige otro elemento D, que exige otro elemento E, que exige otro elemento F”.

Estamos acostumbrados a dejar en nuestros textos remanentes, ornamentos, excesos, abusos. Al redactar un texto debemos tener la seguridad de que decimos la verdad. La verdad, por sí misma, convence. Dicen que los italianos prefieren la belleza a la verdad, y es verdad. La belleza jamás será falsa.

Al escribir un texto no debemos olvidar lo siguiente: siempre pasar de un concepto a otro concepto saltando, no caminando; tener clara la estructura de nuestro texto (exordio, introducción, argumento, demostración y conclusión, o bien: prótasis, epítasis y catarsis); sustituir palabras largas y desconocidas por palabras cortas y conocidas (`palabrería´ en vez de `circunloquio´, por ejemplo); empezar con los hechos y terminar con las conclusiones, es decir, hablar de lo accidental primero y después de lo esencial; hacer preguntas y dejar que el texto insinúe pensamientos nuevos en el lector.

Chesterton aconsejaba que siempre definiéramos nuestro léxico (definir no es justificar), que nunca usáramos más de seis ideas a la vez, que ahorráramos palabras y que despilfarráramos conceptos, que gozáramos con el `cómo´ y no con el `quién´ (lo contrario es el vicio de los periodistas), que tuviéramos pudor al hablar y que intentáramos darle a nuestro texto un aire fantástico, un dejo de idea añeja y como sacada de los castillos del norte europeo. En fin, que tenemos que provocar en nuestro público una “willing suspension of disbelief”, como quería el poeta Coleridge.

Buen día, Comunidad Roastbrief.