-Artículo especializado. Decía el filósofo Berkeley que “esse est percipi”, que sólo somos cuando nos perciben. Pero que seamos algo, que actuemos o que nos vean no significa que nos comprenden. Es importante que los nuevos investigadores sociales eduquen sus ojos, que aprendan a construir sus objetos de estudio y que aprendan a interpretar los datos que extraen.

La ciencia ha sido creada por el hombre para mejorar la extracción de datos. Los datos, la verdad, la información o cualquier cosa que busquemos para comprender las causas y los efectos son objetos mudos y sordos, son cosas inconscientes. Tenemos que creer que hay algo más allá de lo que se nos muestra, tenemos que practicar la “willing suspension of disbelief” del poeta Coleridge. Creamos (tómese la palabra en sus dos concepciones).

Cuando vamos a entrevistar a alguna tribu o a algún trabajador olvidamos que estamos llenos de prenociones de clase o políticas. Una noción previa es como un recipiente, es como un molde, y todo lo que no cabe en dicho molde es rechazado por nosotros, sociólogos occidentales.

Decía Balibar que el buen historiador sabe cómo entender la historia de las naciones porque construye sus teorías con materiales ajenos, porque no las recibe hechas, porque no las criba con sus propios métodos, sino con los métodos del investigado. No podemos exprimir cocos con exprimidores de naranjas (los cocos no se exprimen y un coco no cabe en un exprimidor de esta “clase”).

No deberíamos, crédulos, meter ideas o teorías recibidas en nuestra cabeza, pero sí deberíamos sacar de nuestra cabeza todo aquello que nos impida ir ligeros hasta territorios extranjeros. Saussure, uno de los padres fundadores de la lingüística, dijo que “el punto de vista crea el objeto”. Whitehead, amigo de Russell, dijo a su vez que para que la ciencia avance tenemos que olvidarnos de sus fundadores. Pero olvidar es aprehender, es asimilar, es dominar.

Nuestros puntos de vista parten de ciertos objetos, parten de ciertos supuestos. Cuando observamos un martillo, por ejemplo, saltan en nuestra cabeza significados o palabras, tales como “fuerza”, “ritmo” o “clavo”. No podemos representarnos palabras o imágenes sin un espacio, es bien sabido que demostró Kant. ¿En dónde imagino la fuerza? En el martillo o en la mano que porta el martillo. ¿En dónde está dicho martillo o dicha mano? En un taller, en una alcoba o en una carpintería.

Esta trilogía hecha de objetos, significados y referentes configura nuestra percepción, y nuestra percepción no es otra cosa que un cristal, y este cristal es un filtro, una noción previa. Tenemos que superar a Saussure, pero no olvidarlo. Uno de mis autores preferidos es E. Durkheim, y leyendo `El suicidio´ entendí cómo romper mis paradigmas políticos.

En uno de los textos clásicos del francés podemos leer este texto, que habla sobre la construcción de cosas sociales, de objetos sociales (no olvidemos que Comte sostenía que la sociología analizaba la física social): “Es una cosa todo objeto de conocimiento que no sea naturalmente aprehensible por la inteligencia, todo aquello de lo que no podemos tener una noción adecuada por un simple procedimiento de análisis mental, todo lo que el espíritu sólo puede llegar a comprender a condición de salir de sí mismo a través de observaciones y experimentaciones”.

Así habla Durkheim en `Las reglas del método sociológico´, y habla a lo Zaratustra, habla más allá del bien y del mal. Veamos. “Naturalmente aprehensible”, dice el texto. ¿Qué nos quiere decir el autor? Nos quiere advertir algo, un defecto del empirismo. Todos creemos que la experiencia es sincera, evidente, nítida, pero no es así. La experiencia nos describe cosas, pero no nos explica las cosas.

Panofsky ha puesto un gran ejemplo. Imaginemos un hombre que se cree moderno, que viaja en coches de lujo y que usa sombrero. Imaginemos a uno que delante de las damas se quita el sombrero y que se dice educado y “actual” y a la moda, al corriente con el mundo del hoy. ¿Qué pasa cuando le decimos a dicho hombre que no es moderno ni actual y que no está a la moda, pues quitarse el sombrero es seguir la tradición de los caballeros medievales, que levantaban su casco para demostrar buenas intenciones? Pues sucederá que el caballero, si no es un rufián y un necio, nos dirá: “Dios santo, no lo había visto de esa manera”. “El punto de vista crea el objeto”, dice martilleando Saussure.

Al mirar con atención una sociedad estamos mirando en ella tiempos pasados, presentes y futuros. El inconsciente está hecho de pasado, mientras que la consciencia está hecha de presente y de futuro. ¿Qué queremos conocer al estudiar una sociedad? Sus motivos, sus causas, es decir, su pasado o su historia. ¿Podemos conocer el pasado? No, o al menos no como se conoce una cosa material, pero sí como una cosa formal, como dijo el historiador Marc Bloch (`Apologie pour l´historie´).

Nuestras filosofías son sistemas, pero son sistemas que no evolucionan, pero que sí cambian sus combinaciones (la combustión interna lo demuestra). Los antiguos eran capitalistas, los medievales fueron capitalistas y nosotros también lo somos, pero lo somos de diferente forma. Y el capitalismo siempre estará fundando sobre una jerarquía social, sobre una estructura social, que está soportada por una “lucha de clases”, por una dialéctica clasista, según los postulados de Karl Marx.

Cito a Balibar: “La historia de la filosofía, quizá no sea una historia de los sistemas, sino una historia de los conceptos organizados en problemáticas cuya combinación sincrónica es posible reconstruir”. Reconstruyendo las viejas problemáticas a través de la observación de las problemáticas actuales (hambre, delincuencia, locura, corrupción) reconstruimos las causas, hacemos de lo diacrónico una sincronía.

¿Por qué las civilizaciones nórdicas son tan bien aceptadas en Europa? En la Edad Oscura, afirma Eco, la población europea disminuyó hasta los veinte millones y hasta la ignorancia, de la cual se vio salvada gracias a los monjes irlandeses y al consumo de alubias, que contienen gran cantidad de proteínas vegetales, que provocaron una revolución energética y biológica.

Los predicamentos irlandeses y la alimentación, es decir, el consumo y el lenguaje o la economía y la ideología, hicieron que un continente memorizara el axioma siguiente: “Nuestro pasado nórdico es un pasado común, es una condición histórica necesaria y suficiente sin la cual no seríamos lo que somos”.

La historia del arte latino o mediterráneo delata que los hombres del sur jamás fueron hombres profundos, pero sí sensibles. Comprender el pasado es comprender el presente, y comprender el presente es comprender al hombre. El hombre, dijo Freud, es un ser inconsciente, uno que no distingue “fuentes”, “objetos”, “impulsos” y “metas” y que pocas veces sabe por qué hace lo que hace (`Una teoría sexual´, Obras Completas). El estudio del inconsciente social (historia), digámoslo de una vez por todas, es el estudio del `ethos´ del presente (política).

Bourdieu afirmaba que cuando vemos una obra de arte que coincide con nuestro gusto estamos viendo algo que “no” éramos capaces de expresar, algo que vivía en la oscuridad de nuestro interior, en nuestro inconsciente. Los hombres son un soporte del pasado, un vestigio, un fósil, un objeto arqueológico.

Los sociólogos ven en el hombre un objeto, un medio, uno que es simultáneamente “medio” y “fin” (`support´, `Träger´), “acción” y “meta” (“cada paso debe ser ahora un fin, aunque sin dejar de ser paso”, dice un proverbio de Goethe). El buen sociólogo sabe que los hombres son lo que hacen y no al revés, como quería Sartre. Esto me recuerda un cuento de Bukowski:

–Mira, Jack, hay otras cosas además del boxeo [Ann]. Cuando te conocí, te admiraba por lo que eras.

–Yo era un boxeador [Jack]. No hay otras cosas además del boxeo. Eso es lo que soy: un boxeador. Es mi vida y además soy bueno en ello. El mejor. Aunque me doy cuenta de que a ti te gustan los segundones… como ese Toby Jorgenson.

Jack le quiere decir a Ann esto: “No me pidas ser algo más, pues soy un boxeador, y toda mi conducta, ropa, lenguaje, peinado, cosmovisión, ética, lógica, historia, política, filosofía y demás, son asuntos que dependen de mi talento, de mi función social”. Marx dijo que la producción (funciones) configura la distribución y el consumo. ¿Qué hace el hombre? Respondiéndonos esta cuestión llegaremos a preguntarnos esto: ¿por qué el hombre hace lo que hace?

En el `De rerum originatione radicali´ encontraremos este texto: “Los espíritus expresan y concentran en alguna manera al todo en sí mismos de tal forma que se podría decir que son partes totales”. El todo no es otra cosa que un “modo de producción”, un modo de trabajo, una actividad grupal, un sistema que se recombina. Y nuestros actos constantes construyen nuestros gestos constantes, nuestra cultura. Y nuestros gestos sirven para señalar objetos, significados y espacios. Guiñamos un ojo para señalar un secreto, sonreímos para decir que estamos contentos o levantamos la mano para prohibir el acceso a nuestra alcoba.

El sociólogo que ha aprendido a destruir sus prenociones busca el estudio de los gestos, pero de los gestos pasados que perviven en el presente. El sociólogo pasa sus días diciendo cosas como estas: “usted hace esto por esto”, “usted piensa así por esto”, “usted no sabía esto, pero esto sucede así por esto”. Si la mística nos sigue gustando es porque somos hijos de la civilización griega, que fue una gran alumna de la civilización oriental, que era sumamente mística, según los análisis lingüísticos de Gadamer.

Las sociedades analizadas por los sociólogos se intimidan ante la técnica, la ideología y la economía mostrada por los estudiosos, y por eso responden con mentiras, con disimulos. Si yo le apunto a alguien un telescopio o un microscopio y ése alguien no sabe con qué le estoy apuntando, este alguien tal vez creerá que le apunto con un arma, y por lo tanto se moverá o esquivará mi mirada. No señalemos, pero sí insinuemos. No afirmemos, pero sí escuchemos (“Pero tienes que defenderte, decir sí o no, de lo contrario la gente no tendrá la menor idea de la verdad”, dice Karl Rossmann).