Estábamos pensando, en la agencia (con cigarrillos de ensueño y con sueños encendidos), en cómo podíamos hacer un logotipo adecuado. Nos acordamos de la vieja definición de la verdad: la verdad es la adecuación del intelecto a la cosa.

¿Qué significa esto? Que en todo logotipo, va implícito un binomio, llamado: “objeto-sujeto”. Las únicas cosas objetivas, son los objetos. Es decir, que sólo podemos dar una interpretación objetiva sobre las cosas inanimadas. Y por su parte, todos los sujetos son subjetivos, atados.

Estar atado, es decir, estar amarrado a algo, se llama relativismo (relacionado). Después de esta peroración estética, tan necesaria y tan carente en las escuelas de diseño gráfico, afirmamos que era necesario que las instituciones educativas, fortifiquen sus planes de estudio y enseñen arte.

Lo que buscamos al diseñar un logotipo, es que el espectador quede prendado, embelesado, o al menos, interesado. Podemos usar el Principio de Contraste y diseñar un logotipo dialéctico, uno en el que el bien y el mal, se unan, como sucede con el Yin Yang. También podemos usar, y es muy recomendable, las teorías estéticas de la pintura.

Al tener nociones del arte, de los espacios, de las perspectivas, de los vórtices, de la importancia de las líneas, del espesor del aire, del origen de la luz y del peso (omitimos la palabra “composición” por respeto a Goethe, que la odiaba), podemos parir un ente nuevo, un logotipo con personalidad.

Un logotipo, tiene que ser como una persona (“personae”, persona, era para griegos y romanos una máscara). Un logotipo tiene cuerpo, dorso, extremidades, rostro y hasta voz, representada por el eslogan que le acompaña.

La gente con una personalidad fuerte, hace cosas magníficas. Cuentan que Pound, para atraer la atención en una tertulia, se comió las flores del florero hasta terminárselas. Pensemos en una convención de logotipos. Habrá logotipos sobrios, alegres, infantiles, cultos y excéntricos. Pero hoy, en un mundo de movimiento, necesitamos logotipos mudables, flexibles. A esto, se le llama isotipo.

Pero un isotipo, tarda bastante tiempo en darse a conocer, pues es tan genérico, tan icónico, tan vago, que si no es a fuerza de repetición, no sorprende (un isotipo, sin ayuda de la frecuencia, es como un frac sin portador, como una peluca y un vestido negro sin hombre, combinación a la que llamamos “juez”).

Lo correcto, es imaginar que un logotipo es un mensaje mudo, una pintura que nos habla, pero que le habla al alma, no a los ojos (“déjame que te hable también con tu silencio, claro como una lámpara, simple como un anillo”, dijo Neruda, hablando de logotipos).

Durante la charla, acaecida entre diseñadores y copywriters, a alguien se le ocurrió observar a Pinkie, pintura de Sir Lawrence. ¿Por qué esta pintura nos sublima, hablando como Kant? Porque en ella se combinan aspectos reales y aspectos angelicales.

En primer lugar, Pinkie parece flotar, aunque se nota en su cuerpo que ahí habitan los kilos. Luego, hay una ligera desproporción entre el torso y las piernas, aparentemente muy largas. Esta desproporción, tan útil para crear belleza, según Francis Bacon, le da a Pinkie un dejo de divinidad, de femineidad griega, de habilidad para acortar el tiempo y el espacio con sus largos pasos.

Además, Sarah Moulton-Barrett, como se llama la doncella retratada, tiene una mirada comprensiva, una mirada que no es buena ni mala, sino bella, parafraseando a Van Gogh cuando hablaba sobre el océano. Los brazos de Pinkie, fornidos pero delicados, dan la sensación de que en ellos hay poder, pero un poder mesurado.

En donde hay fuerza y mesura, hay temple, es decir, calor humano, llamado piedad (como en La Pietá, de Miguel Ángel, el que extraía de las piedras el néctar de Apolo). El cielo o el aire que rodea a Pinkie, tiene un poco de espesor, y nos recordó a los cielos narrados por Poe, Chesterton o Baudelaire, que son húmedos, mediterráneos, trémulos.

En fin, que Pinkie parece un híbrido, un ángel muerto o un humano que desea elevarse. El cabello, denota inteligencia, pasión, firmeza, pues ante el viento y el cambio, resiste a la “herrumbre” del tiempo, según un poema de Wilde, llamado Requiescat.

Después de toda esta meditación grupal, concluimos que el logotipo, meditado para transmitir amabilidad (es un logotipo para una asociación altruista), sería divido en dos secciones o planos, siento el inferior de un tono más ligero y de unas formas más suaves que las superiores, y todo para que el logotipo luzca divino, elevado, paradisiaco, angelical y bonachón.

Después, decidimos que las extremidades de las letras, sus trazos finales, fuesen anchos, manteniendo el torso de cada vocal y de cada consonante delgado, como el de Pinkie. El fondo, el cielo o el aire en el que el logotipo se moverá, no será saturado, pero tampoco difuminado: será poroso, como los aires del italiano Leonardo.

En fin, que todas estas nociones estéticas, nos ayudaron a la ardua labor de logotipar una idea. Deseamos que esta meditación estética, provoque que nuestra comunidad se deleite con los platillos del arte. Y al incrédulo, lo acuciamos a leer a Joan Costa, erudito de la imagen corporativa que siempre se remite al gran arte para sus explicaciones. Buen día, Comunidad Roastbrief.