Una vez, impartiendo un taller sobre redacción publicitaria, se nos ocurrió la siguiente definición: el guión, es el aguijón de tu marca.

La definición clásica que se les enseña a los cineastas para comprender qué es un guión, dice: es la descripción más clara y sencilla sobre lo que deseamos que se vea en la pantalla. Escueta, pero por escueta, complicada para nuestro entreverado entendimiento, que siempre complica la realidad.

Un error en los guionistas, consiste en preocuparse demasiado por el aspecto técnico de la producción. La luz, la fotografía, la dirección, el vestuario, el gestuario (catch), el casting, la edición, son importantes. Innegable. Los efectos, el sonido, la locación, también son importantes. Pero no hay nada más importante que el guión.

Si el guión no está bien constituido, trabado, “anudado”, como dicen los profesionales, no importa que invirtamos millones, pues algo faltará en nuestro spot. Vale más una gran idea que una máquina y vale más un buen argumento que un aumento en el presupuesto para la producción. Las buenas historias, maldita sea, pueden adaptarse al cine, a la radio, a la televisión y hasta a un cómic, en tanto que la técnica, no genera un Hamlet.

El primer reto del profesor, es enseñar que el guión, no tiene que contener valores literarios. Hay que estar libres de metáforas, de analogías, de comparaciones, de simbolismo. Si no nos libramos de estas argucias poéticas, el guión se hace ambiguo y nadie entiende qué coños quiso decir el creador cuando escribió que “el héroe voló con romántica pericia hasta el objeto deseado”. Su madre la voladora.

Lo mejor, es usar un lenguaje descriptivo o concreto, como el Imaginismo, el cual se logra evitando calificativos e incrementando el uso de los verbos. Un buen ejercicio, es leer a Bukowski, muy crudo escribiendo porque siempre estaba crudo (con resaca, para los extranjeros).

Otro reto, es el de no confundir el nudo moral con el nudo social y creer que los problemas del protagonista, también son los problemas de los demás actores. A menos que inventemos una personalidad tan fuerte como la de Otelo, no tenemos que hacer que el protagonista, sea el eje desde la prótasis hasta el cierre. Cuando confundimos esto, la historia se lee o se ve forzada.

Nos tiene que importar lo que se va a observar y no lo que se lee, contrariamente a lo que hacía García Márquez al redactar guiones, que perdía el tiempo meditando sobre la posición de una coma. Un spot, tiene que funcionar sin sonido.

El teatro, padre del cine pero inferior a su hijo por su incapacidad para reunir un sinnúmero de efectos (como el hijo del ingeniero que ahora puede, con el ordenador, hacer maravillas con mayor velocidad), nos ha enseñado que el guión, sea de Shaw, de Shakespeare o de los trágicos Esquilo, Sófocles o Eurípides, tiene que ser escrito para la escena, para las tablas, es decir, que puede contener contrariedades e incoherencias lógicas, como sucede en la vida real.

En la vida real (que no es, a pesar del talento de William, un teatro, según la conocida sentencia de Wittgenstein), que supera a la fantasía por su cantidad de circunstancias simultáneas, hoy decimos o sentimos una cosa y mañana, otra. Esperamos que esta breve meditación, te ayude.